La autora de este blog (1)ha sido víctima de plagio literario y amenazas, perpetrados por periodista de S.A. La Nación y Editorial Perfil,dirigidas por Julio César Saguier jcsaguier@lanacion.com.ar y Jorge Fontevecchia jfontevecchia@perfil.com.ar .Felicito al flamante ganador de esta edición; las/los invito a empezar a leer "Bolivia Construcciones",plagio de Sergio Di Nucci a "Nada" de Carmen Laforet y ganadora transitoria del Premio La Nación-Sudamericana de Novela 2006-2007,cuyo ganador moral fue Fernando Monacelli por su obra "La mirada del ciervo",también finalista del Premio Clarín de Novela 2005 (obtenido por Claudia Piñeiro con "Las viudas de los jueves",autora ,además de "Tuya" finalista del Premio Planeta 2003.
(1)María Alicia García Facino,autora de "REFRANES SOBRE PLAGIO",posteados en http://jose-saramago.blogspot.com, y creados en repudio de los plagiarios María Elena Walsh ,José Saramago,Jorge Bucay y Hugo Midón,entre otros.
martes 16 de septiembre de 2008
Premio La Nación Sudamericana de Novela 2008.¡felicitaciones Jorge Accame,por "Forastero"!
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MARÍA ALICIA GARCÍA FACINO profesoragarciafacino@yahoo.com.ar Teléfono PERSONAL (03482)15635531
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lunes 16 de julio de 2007
"Bolivia Construcciones" , plagio de Sergio di Nucci a "Nada" de Carmen Laforet, utilizando la técnica de José Saramago y Jorge Bucay.
"Bolivia Construcciones" (ex- Premio LA NACIÓN-Sudamericana de Novela 2006-2007, después que Agustín Viola agustin.viola@gmail.com
descubriera que era un plagio a "Nada" de Carmen Laforet)
A la memoria de Franco Lucentini
Capítulo 1
El viaje desde Potosí fue largo, zigzagueante y sobre todo frío. Me dolía la espalda , el cuello, los hombros, las piernas respondían con torpeza, y no había dormido en toda noche.Quispe argumentó largamente sobre los orígenes de la virgen que luego, mucho tiempo después, sería llamada de Copacabana y apenas entrecerraba yo los ojos me daba un puntapié certero en la canilla derecha. Al mediodía llegué rengueando al puesto fronterizo, Villazón-La Quiaca. Hacía calor y el cuarto olía a vino picado. Un suboficial argentino, barrigón ,de ojos vivaces, más bien petiso y morocho, con la camisa desabrochada y aliento a vino, me preguntó cosas que no supe responder. Adelantaba el cuello,como si quisiera husmear una fuente de asado que un oficial le sacaba de la mesa y nunca le dejaba oler.
-Y decime, ¿por qué venís a la Argentina?
Me sorprendió el voseo y sentí ganas de decirle, para confirmar sus sospechas , "a vender setenta y dos kilos de pasta base chucha-tu-madre" , recordando el célebre insulto peruano. Pero cordialmente le dije:
-A visitar a mi madre.
Quispe me felicitó por cómo me había comportado.
-Has estado correcto muchacho, sobre todo en tus expresiones. Nos expresamos de modo más correcto que el país hermano, pero todavía debes aprender mucho de mí: paciencia...-me dijo ya del lado argentino.
Sentí que este país me hacía un gran favor al dejarme entrar, pero no se me ocurría por qué agradecer la deferencia que los argentinos tenían conmigo.
Capítulo 2
Quispe, que dijo varias veces saber exactamente saber dónde vivía su familia, se vió desorientado en Buenos Aires. Durante el trayecto desde Jujuy fuimos detenidos cuatro veces. Cada vez, el Quispe les repitió a los gendrmes a qué lugar exacto nos dirigíamos. En Retiro ya no era tan preciso. Preguntaba cosas que la gente no entendía hasta que un diariero le dijo que hablara en "argentino" y no "quichua". Eso lo desalentó y lo sumió en un silencio profundo.
-¿Pero cómo se llama el lugar, la barriada adonde debemos llegar?- me atreví a preguntarle.
-Cállate muchacho que me distraes y no dejas meditar.
Me callé. Casi dos horas. Hasta que no pude aguantar la queja de mi estómago vacío. Me dolían los tobillos, las rodillas y los hombros; el bolso a esa altura era una roca. Le propuse entrar a un comedero.
-No, aquí estamos en Once y hay mucho peruano, aguántate y no molestes. Eres un mamón.
Quispe adpotaba ahora una serie de vocablos que antes jamás había pronunciado.
De pronto, en la esquina de las calles Pueyrredón y Bartolomé Mitre se detuvo. Miró el cielo, luego señaló con un dedo el cemento orinado y cubierto de basura y anunció:
-Es aquí. A una cuadra tomaremos un micro y al tiro llegamos.
Fueron otras dos horas de retorcijones. Después del micro, hubo que tomar otro, y después dos más. Me pareció que esos dos últimos lo tomamos de sobra pero no lo puse nervioso al Quispe con cojudeces. Cuando bajamos, había olor a asado (vaca sin adobo), la comida preferida de los argentinos.
-Bolita, comprale un choripán a tu sobrino -le dijo alegremente a Quispe un vendedor que se había sacado la camisa.
El Quispe se paró en seco. Torció lentamente el cuello, como en las películas norteamericanas de vaqueros o de Schwarzenneger, arqueó una ceja y se frotó la nuca .Nunca lo había visto así.
-Comprale un vacipán.
Quispe tenía el aire guardado en los pulmones para contestarle, pero en vez de eso me tomó del hombro y me dijo erguido y con autoridad:
-Vamos.
Mientras nos alejábamos, yo no podía sacarle los ojos de encima a la comida, y vi que el cartel del negocio decía "Urkipiña".
Capítulo 3
El lugar era muy grande. Ma hacía acordar a La Paz. Cuando el Quispe pidió orientaciones al bajar del último micro, el señor al principio no entendía, hasta que dijo:
-Ah, la villa. Por ahí.
De golpe, de una casa salió una paisana, y gritó, una sola vez:
-¡Quispe!
Quispe me advirtió, con voz firme pero baja:
-Y ahora compórtate.
Yo pensaba si nos iba a dar de comer. Cuando llegamos a la puerta, ahí el Quispe hablaba bien alto. Ella lo oía seria, pero aprobaba.
-El que diseñó esta casa , primero, y después el que la amplió, eran sabios de los que ya no existen.
Con un gesto mostraba la casa, de arriba a abajo, y curvando el brazo, una ampliación, que estaba detrás del pasillo más angosto que hubiera visto en mi vida.
Yo no decía nada.
A partir de entonces nadie la sacó de la idea de que era un opa.
A mí la casa me parecía más esmirriada que las otras, y por ahora no podía apreciar la ampliación, pero había aprendido a callarme.
Cuando entramos me sentí incómodo. El cuarto era chico, estaba dividido con girones de tela y habí un entrpiso hecho de madera húmeda y delgada donde, arriba, se amontonaban algunos colchones.
Al Quispe se lo veía contento. La paisana contaba cómo habían cambiado las cosas en Argentina desde hacía sólo cinco años. Estefanía (así se llamaba) chistó y apareció un paisano grandote, despeinado y con gesto ausente. Tomó nuestros bolsos y los llevó al cuarto. La escalera y el piso de arriba crujieron con cada uno de sus movimientos.
-También cambió el precio de las camas Quispecito, pero luego lo vemos.
-Por supuesto Estefi. Ahora tiene que comer este niño ansioso e impaciente y luego arreglamos cuentas.
Finalmente , comí.
-Te hice unos platos bolivianos -ella estaba muy orgullosa de entenderme-. Pero son más ricos que allá. Bienvenido al país de la carne.
Eran unas milanesas , muy delgadas de que tanto machacaran unas viejas que había visto y oído en plena tarea a la entrada de la casa. Tenían encima ensalada de lechuga ratonil, y encima de la ensalada un copo de mayonesa con una aceituna descorazonada que me miraba con ese ojo, o me mostraba el ano.
-Vamos muchacho y dile gracias a Estefi.
-Gracias señorita Estefanía.
-Ya pueh.
Con el tiempo, conocí mejor a Estefi - que en realidad no se llamaba Estefanía-.Tenía ideas sobre nutrición.
-Ideas científicas, muchacho- me decía el Quispe. Ella estudió . Aprende.
A mí las ideas me parecían bastante pintorescas. Como el cuerpo humano sólo puede asimilar la vitamina C contenida en dos naranjas, ella consideraba que tomarse en un vaso el jugo de tres era como tirar una naranja a la basura. Por lo que se había recorrido todas las cristalerías con saldos y ofertas, hasta dar con unos vasos especiales, chiquititos, que era donde se servía el jugo de naranja en su restaurant.
Capítulo 4
Esa misma noche, sí aprecié la ampliación que me había señalado el Quispe. Era el baño, que estaba separado de la casa.La expedición que uno hacía era la justa penalidad por las ventajas de tenerlo lejos.De unos caños salía no solamente un humor fétido, sino multitud de animales: arañas, unos gusanos gordos, cucarachas robustas y patudas, de esas que embisten y atacan, y unos insectos que no he vuelto a ver, que tenían la peculiaridad de tener la panza llena de aire y de tronar al ser aplastados.
Pero la ventaja de este bestiario era lo que veía uno al ir la baño, y ahí lo dejaba y no volvía uno a acordarse de él hasta el próximo viaje.
Y colorín , colorado,
el capítulo 4 está terminado.
profesoragarciafacino@yahoo.com.ar
magarciafacino@yahoo.es
Teléfono: (03482)15635531 .
Desde el exterior de Argentina : 54-3482-635531
descubriera que era un plagio a "Nada" de Carmen Laforet)
A la memoria de Franco Lucentini
Capítulo 1
El viaje desde Potosí fue largo, zigzagueante y sobre todo frío. Me dolía la espalda , el cuello, los hombros, las piernas respondían con torpeza, y no había dormido en toda noche.Quispe argumentó largamente sobre los orígenes de la virgen que luego, mucho tiempo después, sería llamada de Copacabana y apenas entrecerraba yo los ojos me daba un puntapié certero en la canilla derecha. Al mediodía llegué rengueando al puesto fronterizo, Villazón-La Quiaca. Hacía calor y el cuarto olía a vino picado. Un suboficial argentino, barrigón ,de ojos vivaces, más bien petiso y morocho, con la camisa desabrochada y aliento a vino, me preguntó cosas que no supe responder. Adelantaba el cuello,como si quisiera husmear una fuente de asado que un oficial le sacaba de la mesa y nunca le dejaba oler.
-Y decime, ¿por qué venís a la Argentina?
Me sorprendió el voseo y sentí ganas de decirle, para confirmar sus sospechas , "a vender setenta y dos kilos de pasta base chucha-tu-madre" , recordando el célebre insulto peruano. Pero cordialmente le dije:
-A visitar a mi madre.
Quispe me felicitó por cómo me había comportado.
-Has estado correcto muchacho, sobre todo en tus expresiones. Nos expresamos de modo más correcto que el país hermano, pero todavía debes aprender mucho de mí: paciencia...-me dijo ya del lado argentino.
Sentí que este país me hacía un gran favor al dejarme entrar, pero no se me ocurría por qué agradecer la deferencia que los argentinos tenían conmigo.
Capítulo 2
Quispe, que dijo varias veces saber exactamente saber dónde vivía su familia, se vió desorientado en Buenos Aires. Durante el trayecto desde Jujuy fuimos detenidos cuatro veces. Cada vez, el Quispe les repitió a los gendrmes a qué lugar exacto nos dirigíamos. En Retiro ya no era tan preciso. Preguntaba cosas que la gente no entendía hasta que un diariero le dijo que hablara en "argentino" y no "quichua". Eso lo desalentó y lo sumió en un silencio profundo.
-¿Pero cómo se llama el lugar, la barriada adonde debemos llegar?- me atreví a preguntarle.
-Cállate muchacho que me distraes y no dejas meditar.
Me callé. Casi dos horas. Hasta que no pude aguantar la queja de mi estómago vacío. Me dolían los tobillos, las rodillas y los hombros; el bolso a esa altura era una roca. Le propuse entrar a un comedero.
-No, aquí estamos en Once y hay mucho peruano, aguántate y no molestes. Eres un mamón.
Quispe adpotaba ahora una serie de vocablos que antes jamás había pronunciado.
De pronto, en la esquina de las calles Pueyrredón y Bartolomé Mitre se detuvo. Miró el cielo, luego señaló con un dedo el cemento orinado y cubierto de basura y anunció:
-Es aquí. A una cuadra tomaremos un micro y al tiro llegamos.
Fueron otras dos horas de retorcijones. Después del micro, hubo que tomar otro, y después dos más. Me pareció que esos dos últimos lo tomamos de sobra pero no lo puse nervioso al Quispe con cojudeces. Cuando bajamos, había olor a asado (vaca sin adobo), la comida preferida de los argentinos.
-Bolita, comprale un choripán a tu sobrino -le dijo alegremente a Quispe un vendedor que se había sacado la camisa.
El Quispe se paró en seco. Torció lentamente el cuello, como en las películas norteamericanas de vaqueros o de Schwarzenneger, arqueó una ceja y se frotó la nuca .Nunca lo había visto así.
-Comprale un vacipán.
Quispe tenía el aire guardado en los pulmones para contestarle, pero en vez de eso me tomó del hombro y me dijo erguido y con autoridad:
-Vamos.
Mientras nos alejábamos, yo no podía sacarle los ojos de encima a la comida, y vi que el cartel del negocio decía "Urkipiña".
Capítulo 3
El lugar era muy grande. Ma hacía acordar a La Paz. Cuando el Quispe pidió orientaciones al bajar del último micro, el señor al principio no entendía, hasta que dijo:
-Ah, la villa. Por ahí.
De golpe, de una casa salió una paisana, y gritó, una sola vez:
-¡Quispe!
Quispe me advirtió, con voz firme pero baja:
-Y ahora compórtate.
Yo pensaba si nos iba a dar de comer. Cuando llegamos a la puerta, ahí el Quispe hablaba bien alto. Ella lo oía seria, pero aprobaba.
-El que diseñó esta casa , primero, y después el que la amplió, eran sabios de los que ya no existen.
Con un gesto mostraba la casa, de arriba a abajo, y curvando el brazo, una ampliación, que estaba detrás del pasillo más angosto que hubiera visto en mi vida.
Yo no decía nada.
A partir de entonces nadie la sacó de la idea de que era un opa.
A mí la casa me parecía más esmirriada que las otras, y por ahora no podía apreciar la ampliación, pero había aprendido a callarme.
Cuando entramos me sentí incómodo. El cuarto era chico, estaba dividido con girones de tela y habí un entrpiso hecho de madera húmeda y delgada donde, arriba, se amontonaban algunos colchones.
Al Quispe se lo veía contento. La paisana contaba cómo habían cambiado las cosas en Argentina desde hacía sólo cinco años. Estefanía (así se llamaba) chistó y apareció un paisano grandote, despeinado y con gesto ausente. Tomó nuestros bolsos y los llevó al cuarto. La escalera y el piso de arriba crujieron con cada uno de sus movimientos.
-También cambió el precio de las camas Quispecito, pero luego lo vemos.
-Por supuesto Estefi. Ahora tiene que comer este niño ansioso e impaciente y luego arreglamos cuentas.
Finalmente , comí.
-Te hice unos platos bolivianos -ella estaba muy orgullosa de entenderme-. Pero son más ricos que allá. Bienvenido al país de la carne.
Eran unas milanesas , muy delgadas de que tanto machacaran unas viejas que había visto y oído en plena tarea a la entrada de la casa. Tenían encima ensalada de lechuga ratonil, y encima de la ensalada un copo de mayonesa con una aceituna descorazonada que me miraba con ese ojo, o me mostraba el ano.
-Vamos muchacho y dile gracias a Estefi.
-Gracias señorita Estefanía.
-Ya pueh.
Con el tiempo, conocí mejor a Estefi - que en realidad no se llamaba Estefanía-.Tenía ideas sobre nutrición.
-Ideas científicas, muchacho- me decía el Quispe. Ella estudió . Aprende.
A mí las ideas me parecían bastante pintorescas. Como el cuerpo humano sólo puede asimilar la vitamina C contenida en dos naranjas, ella consideraba que tomarse en un vaso el jugo de tres era como tirar una naranja a la basura. Por lo que se había recorrido todas las cristalerías con saldos y ofertas, hasta dar con unos vasos especiales, chiquititos, que era donde se servía el jugo de naranja en su restaurant.
Capítulo 4
Esa misma noche, sí aprecié la ampliación que me había señalado el Quispe. Era el baño, que estaba separado de la casa.La expedición que uno hacía era la justa penalidad por las ventajas de tenerlo lejos.De unos caños salía no solamente un humor fétido, sino multitud de animales: arañas, unos gusanos gordos, cucarachas robustas y patudas, de esas que embisten y atacan, y unos insectos que no he vuelto a ver, que tenían la peculiaridad de tener la panza llena de aire y de tronar al ser aplastados.
Pero la ventaja de este bestiario era lo que veía uno al ir la baño, y ahí lo dejaba y no volvía uno a acordarse de él hasta el próximo viaje.
Y colorín , colorado,
el capítulo 4 está terminado.
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MARÍA ALICIA GARCÍA FACINO profesoragarciafacino@yahoo.com.ar Teléfono PERSONAL (03482)15635531
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